Jesús le enseñó a santa Faustina que no basta con rezar la coronilla, sino que la devoción a la Divina Misericordia debe vivirse en tres formas concretas:
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La confianza absoluta en Dios: Acudir a Él con fe, incluso cuando sentimos que no lo merecemos. La confianza es el vaso con el que recibimos gracias.
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La práctica de la misericordia hacia el prójimo: Jesús le dijo a santa Faustina: “Exijo de ti obras de misericordia, que deben surgir del amor hacia Mí”. Esto se puede hacer con palabras, obras o oración.
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La celebración del Domingo de la Misericordia: Instituido por San Juan Pablo II, este día es una fuente inmensa de gracias, en la que Jesús ha prometido perdón total de las culpas y penas a quienes se acerquen al sacramento de la Confesión y reciban la Eucaristía con confianza.
Vivir la misericordia es amar como Jesús nos ha amado. Es reflejar su corazón en el mundo. Es responder con amor a su llamado.